HOMILÍA PARA EL DIA DE LA SANTA NAVIDAD – 1839- SAN ANTONIO MARÍA GIANELLI

HOMILÍA PARA EL DIA DE LA SANTA NAVIDAD – 1839

“Se ha manifestado … a todos los hombres” (Tt 2,11)

 

Dios hecho hombre, hombre niño, niño pobre y depositado en un pesebre, más aún en una gruta, en una cabaña abierta, donde no encuentra al nacer más confort que el que le ofrecen las dos pobres bestias, de su pobre Madre y del pobrísimo Padre adoptivo, que lo aguardaban entre el sufrimiento, la maravilla y el estupor; pero este pobrísimo Niño que es venerado por los pastores, celebrado por los Ángeles, adorado por los Magos y temido por los Reyes, es el gran misterio que nosotros celebramos y por el cual este día, que alegra a todo el mundo, abre el curso a tantas solemnidades bellas y devotas.

¿Cómo callar en este día? Por una parte, un Dios que se humilla tanto por nosotros exige reconocimiento; por otra parte, el hombre, exaltado a tanta gloria, quiere expresar su alegría y júbilo extraordinario.

¿A cuál de estos deberes podemos nosotros satisfacer con el callar inoportuno? No, se debe hablar; y si tanto no se puede decir, que iguale el doble y grande argumento, dígase lo que se pueda y aunque fuese menos por el gran peso del misterio, diría el gran Pontífice San León, la misma opresión, la misma deficiencia nuestra, será una especie de elogio para un objeto tan sublime. Y esto mucho más, hijos míos, porque reflexionando bien, podemos hacerlo con gran provecho para nosotros; y en la suma humillación de nuestro Divino Salvador hecho Niño y qué Niño, tenemos una gran lección para humillar nuestro orgullo y en la gloria que lo rodean y exaltan nuestra humanidad, tenemos otra lección para elevar nuestro pobre y mísero corazón a otras esperanzas, que no son las de este mundo. - Porque se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres, que nos enseña a que, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, vivamos con sensatez, justicia y piedad en el siglo presente, aguardando la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria del gran Dios - (Tt 2,11-13).

Por tanto, hijos míos, esta doble instrucción que Él viene a darnos, sea el dulce argumento del presente sermón y el fruto sea tal que, gracias a la asistencia divina que imploro, aumente, al mismo tiempo la gloria a Dios y en nosotros el fervor de la santa alegría y de la piedad.

Esto tiene de característico el ejemplo de los grandes: ser fácilmente imitados. Sea por aquella innata inclinación que todos tenemos de imitar las mejores cosas, o bien por seguir a quien resplandece en las acciones grandes y luminosas, o mejor todavía, el empeño de tener el favor de aquellos que distribuyen gracias y beneficios a los amigos más estimados, el hecho está que todos buscan imitar, lo más que pueden, no sólo las acciones, sino también los gustos, los modos, las costumbres, las preferencias y, a veces, hasta los caprichos y los vicios más grandes. Más aún, se consideran hombres muy prudentes y de gran inteligencia aquellos que adivinan sus gustos y que advierten sus deseos.

Por tanto, ¿será sólo el Salvador no imitado y seguido? ¿El Unigénito Hijo de Dios, el Verbo eterno hecho hombre para el hombre, Dios verdadero con el Padre y con el Espíritu Santo, que tiene poder sobre todos los reyes y monarcas, el único artífice de la naturaleza y de las cosas, aquel en el que somos y existimos y del cual depende todo nuestro bien, incluso la vida y la respiración? Este único Dios nacido, este único Rey de Reyes ¿no puede ser imitado? ¿O no será más bien Él sólo al que quieren imitar los hombres, al menos sus seguidores y aquellos que se glorían de ser suyos? Y aquí notad, mis queridos, que los grandes del mundo son imitados sólo porque son grandes, aún cuando no manifiestan en algún modo su voluntad o el deseo de serlo. ¿Qué cosa no se haría, si alguno manifestase el deseo de ser seguido en su forma de vivir, de vestir o de conversar? ¿Quién no se creería indigno de su gracia y casi todavía de su tolerancia, en el caso que se negara a hacerlo? Y si él hiciese una ley, ¿cómo se podría ser tan audaz de transgredirla? Y si alguno la violase, ¿qué indulgencia o qué piedad podría obtener? ¿Cómo, diría aquel Señor, ‘tengo derecho de mandar y de exigir aún lo que a mí no me gusta o no me es cómodo practicar; me limito a mandar sólo lo que yo mismo obro, sin embargo no soy obedecido? ¿Debería bastar mi ejemplo y no basta ni siquiera mi ley?

Por tanto, el desobediente cargue con el castigo y pague el precio de su arrogancia.

Ésta es nuestra situación, hijos míos, que este Dios Salvador manda y realiza, más aún, acata primero la ley y luego nos la impone; da primero el ejemplo y luego agrega la orden. Y exclama: “Yo voy adelante, vosotros seguidme. Os he dado precisamente ejemplo para que hagáis en todo como hice yo. - Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo os he hecho con vosotros - (Jn 13,15). Quien no me sigue, no es digno de mí; Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. ¿Donde encontraréis todo esto si no en mí?

 

Nosotros estamos predestinados por Dios a la gloria de los Cielos, concluye San Pablo, pero para ir al Cielo y gozar de la vida, de la presencia y de la felicidad de Dios, es necesario antes, formar en nosotros una imagen que nos haga conformes al Unigénito Hijo del Padre  -  los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo - (Rom 8,29). De tal modo que entre nosotros y el Hijo de Dios no haya otra diferencia que la de la primogenitura  - para que fuera Él, el primogénito entre muchos hermanos -.

¿Cómo entonces, si nosotros aspiramos a esta fraternidad divina, a esta imagen de semejanza, o sea si aspiramos a salvarnos, podremos eximirnos de una tal imitación? Él lo desea, Él lo quiere, Él nos lo impone. O renunciamos a Él y nos declaramos enemigos, o de lo contrario somos sus amigos y lo seguirlo. Nos lo dice Él mismo: - El que no está conmigo, está contra mí - (Mat 12,30).

Y aquí agregad, porque es muy importante, que mientras a quien no lo sigue está amenazado el infierno, a sus imitadores está prometido el Paraíso. En efecto, Él dijo: ‘Sí, Padre bueno, Vos me habéis dado todo poder en el Cielo y en la tierra y yo establezco y quiero que, donde esté yo, estén mis seguidores, mis siervos y mis fieles imitadores. – Padre, quiero que donde yo esté estén también conmigo los que tú me has dado – (Jn 15,24). Es como decir, mis queridos hijos, que de la misma manera, que para quien lo imita el premio es el Paraíso, para quien no quiere imitarlo el castigo es el infierno.

¿Ahora qué decís, hijos míos? ¿Debemos o no debemos imitarlo? Y si debemos imitarlo ¿lo hacemos? Este es el punto fundamental sobre el cual os ruego que reflexionéis bien. Dado que, como lo advierte el Apóstol, para instruirnos, enseñarnos y darnos ejemplo, Él no esperó la Cruz y tampoco se limitó a la predicación del Evangelio, sino que, desde la cuna, desde su nacimiento, desde su primera aparición entre nosotros, se manifestó como maestro, profeta y doctor y todo sabiduría para nosotros. – Se ha manifestado a nosotros –. ¿Para qué sirven, en efecto, los pañales que lo envuelven, las semblanzas infantiles y todo el conjunto de necesidades e impotencias, que siempre rodean la primera edad en la cual el hombre es tan incapaz de proveerse a sí mismo, si no para hacernos comprender cuál y cuánta sea la sumisión que debemos tener a las disposiciones del Cielo? ¿Qué cosa nos quieren decir aquella gruta, aquel pesebre en el cual nace, desterrado y abandonado de todos, excepto de María y de su padre adoptivo José, si no cuánto son inútiles e inoportunas nuestras ambiciones y el afán por las grandezas humanas? Las tinieblas de aquella noche, el frío de aquella estación, la aspereza de aquel pesebre, la escasez de aquellas pajas, el viento, la lluvia, la nieve que se concentran allí y que seguramente penetraban en la mal resguardada cueva, ¿no condenan bastante nuestras comodidades, nuestro bienestar, nuestros comportamientos, nuestras modas y nuestros placeres?

 

La excelente caridad de José, el sumo pudor de María, en cuyas manos Él se abandonó prefiriéndolas a las de los Ángeles, ¿no bastan a hacernos comprender cómo la castidad y la virginidad son amadas y preciosas a los ojos de Dios y tenidas en altísima consideración y como, al contrario, cuánto aborrece las obscenidades y todas las abominaciones de los sentidos? No os parece una escuela muy sabia la que él inaugura en su pesebre, en su bella primera aparición entre nosotros, a tal punto que podemos decir, que ya comienza a enseñar a todo el mundo? - Se ha manifestado a nosotros -. Esta enseñanza, si nosotros queremos escucharla, ¿no será capaz de hacernos renunciar y detestar verdaderamente todo género de impiedad y todo deseo vano para hacernos empeñar en una vida sobria, modesta, justa, piadosa y cristiana? - Renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, vivamos con sensatez, justicia y piedad en el siglo presente -. Decid, hermanos e hijos míos amadísimos, si no es necesario precisamente renunciar a la fe, o reconocer en el puro y simple misterio del nacimiento del Salvador la enseñanza y el reproche más adecuado para nosotros. Decid, si no es necesario cerrar los ojos para no quedar humillados y confundidos. - Se ha manifestado a nosotros -.

 

Pero no creáis que él viene sólo para confundir: Sí, Él quiere denunciar los males de hoy, pero Él apunta, es más, es su gran objetivo, elevar nuestras mentes y nuestros corazones a los verdaderos bienes, a la verdadera alegría, a las verdaderas grandezas eternas, celestes, divinas, porque son bienes, gozos y grandezas de Dios que nosotros estamos llamados a poseer en Él y a gozar eternamente con Él. - Aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios -.

 

Son para nosotros prenda y garantía las cortes de los ángeles, que casi olvidadas del cielo, descienden a alabar y a bendecir al Creador que se abaja a tanto para salvar al hombre y despertar en él la esperanza del Paraíso. ‘Paz, paz, gritan, paz a todos los que tienen buena voluntad’, es decir, que aman el bien, que buscan el bien, que quieren hacer el bien. - En la tierra paz a los hombres de buena voluntad - (Lc 2,14). Paz en las conciencias, paz en la vida, paz en la muerte, paz para toda la eternidad. - En la tierra paz a los hombres de buena voluntad -. Son prenda y garantía los pastorcitos de Belén que, siguiendo la invitación de los ángeles, se acercan al pesebre y, en aquel maravilloso Niño, iluminados por la luz divina, reconocen, adoran y glorifican a su Dios Salvador y lo anuncian en toda aquella región. Prenda y garantía son los tres magos, que desde el lejano Oriente, guiados desde lo alto, lo buscan, lo adoran y, habiéndole obsequiado sus dones, vuelven contentos a predicarlo en sus lugares de origen, aún a costa de perder sus tesoros, gloria, reinos y la misma vida; y parecen decirnos, como allá en Jerusalén y a su enceguecido pueblo: “Por qué no lo reconocéis vosotros también? ¿Por qué no lo honráis? ¿Por qué no lo imitáis? ¿Acaso es poca la enseñanza que os ofrece? - Se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres -.

¿Por qué buscar estímulos externos, si no existe ninguno más fuerte, ni más elocuente que el que Él nos da de sí mismo, con solo contemplarlo? - Se ha manifestado, se ha manifestado a nosotros -.

 

¿Hay algo que os enseñe más que aquel establo, que aquel pesebre, que aquellos animales que rodean al Salvador del mundo? ¿Hay algo que os instruya más que aquellos pobres pañales, aquella escasa paja, la desnudez, la miseria y el sufrimiento en el que nace el Dueño del universo?

¿Hay algo que os ilumine más que la modestia, la reserva, la pureza, de la que solamente ha sido rico el Nacimiento del Verbo de Dios Encarnado? Hijos míos, venid al pesebre de mi Jesús. Y decid si hay cosa más capaz de confundiros y, a la vez, enterneceros, iluminaros y conmoveros, que aquella pobreza, aquella humildad, aquella mansedumbre, aquellos vagidos, aquellas lágrimas, aquellos sufrimientos que ha elegido experimentar apenas nacido, para enseñarnos y llevarnos a Dios, el Hijo de Dios, el Hijo de María.

Venid todos, a rodear con los pastores de Belén, la sagrada cabaña y decid si todo no os enseña, no os conforta, no os anima a vivir bien y a soportar pacientemente cada cosa, para aseguraros aquel Reino, aquella gloria, aquel Dios, que ha de volver a juzgar al mundo, tanto más imponente y majestuoso, cuanto pequeño y mísero se ha hecho ahora para salvarlo.  -  Porque se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres, que nos enseña a que, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, vivamos con sensatez, justicia y piedad en el siglo presente, aguardando la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria del gran Dios -.

Sí, reunámonos todos en torno a la cuna del Redentor Niño en estos santísimos días; adorémoslo, contemplémoslo con ánimo atento y devoto y empeñémonos a imitarlo en el desprendimiento del mundo y en el deseo de los bienes del cielo, porque ésta es la grande, la suma, la incomparable lección que Él ha venido a darnos apenas nacido. - Porque se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres, que nos enseña a que, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, vivamos con sensatez, justicia y piedad en el siglo presente, aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios -.

Prédicas autógrafas, vol. V, pág. 1167

Trascripción Daneri, vol. VI, pág. 191